Un profeta es un hombre que habla con Dios y Él le dice lo que el pueblo debe hacer. Él les advertía de las consecuencias de sus acciones y daba una llamada al arrepentimiento. La misión de un profeta era anunciar y denunciar.
Isaías se convirtió en uno de los más grandes Profetas de Dios, anunciando al pueblo de Israel que un día el Mesías salvaría a su pueblo y le traería la Paz y la Justicia para siempre, por lo tanto anuncia la llegada de Jesús y todo el sufrimiento que iba a sufrir.
El último profeta y el más grande de todos fue Juan Bautista. Juan era el primo de Jesús, el hijo de Isabel y Zacarías. El ángel Gabriel, cuando anunció a María el nacimiento de Jesús, también le dijo que su prima Isabel estaba embarazada y María fue a visitar a Isabel, para ayudarla con el embarazo y el parto.
El nacimiento de Juan fue un motivo de alegría para todos. El Señor lo eligió para ser el profeta del Altísimo, para ir delante de Jesús preparando su camino para cuando Él llegara.
Cuando creció, Juan se fue al desierto para entregar su vida a Dios: vivía entre las arenas y las rocas, se vestía con piel de camello y con un cinturón de cuero, se alimentaba de langostas y de miel silvestre.
Era sincero y valiente y, cuando predicaba, invitaba a todos a convertirse y los bautizaba en las aguas del río Jordán, por eso era llamado «el Bautista».
Tenía muchos seguidores, y todos los que lo escuchaban, quedaban conmovidos por la verdad de sus palabras.
Después de bautizar a Jesús, fue encarcelado por el rey Herodes, quien lo mandó decapitar.
Isaías y Juan Bautista son personajes de este tiempo de adviento que vamos a empezar el domingo.
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